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domingo, 17 de mayo de 2020
lunes, 11 de mayo de 2020
El Soneto por Antonio Reyes Sena
El
Soneto
Introducción
La poesía es un ente vivo, ya que sale de las
vísceras de su autor, expresa sus sentimientos, pensamientos y pasiones, aun
cuando esto se niegue o desee ocultarse. La poesía entonces es perfección. Esta
es así por los principios antes expuestos, además por su carácter de creación.
La perfección en la forma de expresión ha
querido demostrarse, con ingenio, a través de los siglos y por todas la épocas,
movimientos y generaciones literarias. Así, también por artistas de la tinta
que no se encierran en ningunos de los caracteres antes mencionados. Pero sí se
ha buscado una forma escritural igual para todos, aunque muchos solo respeten
las normas más características.
El soneto representa esa búsqueda de perfección.
Concepto
Antes de hablar del concepto en sí del soneto
debemos aclara su sentido epistemológico. La palabra soneto proviene de sonetto
en italiano, que deriva a la vez de sonus (sonido en latín).
Ahora bien, podemos definir El Soneto como una
composición poética de catorce versos de arte mayor endecasílabos (14 versos)
en su forma clásica, dos estrofas de cuatro versos o cuartetos y dos de tres
versos o tercetos. Este en sus orígenes tenía un formato para distribuir su
contenido: el primer cuarteto presentaba el tema, el segundo lo amplia,
mientras que el primer terceto, reflexiona sobre la idea central o expresa
sentimientos ligado a este y el terceto final realiza una grave reflexión con
sentimiento profundo, desatada por los versos anteriores, es decir, que, en el
soneto, a la manera clásica, se presenta o puede observar, una introducción, un
desarrollo y una conclusión.
Sus orígenes se remontan a la Sicilia (Italia)
del Siglo XIII y de aquí se difundió por toda la Península Itálica. Sus precursores
fueron: Pedro de Vignes, Guittone d´Arezzo, Guido Guinizzelli, etc. Éste último
fue preceptor de Dante Alighieri, quien, en su obra Vita nouva, creó algunos
sonetos de amor a su amada Beatriz. Para concluir con este apartado a Francesco
de Petrarca se le considera el inventor del soneto, porque aparte de crearlo a
menudo en su Cancionero (Canzoniere), con expresión sublime y ciertamente
sutil, inspirado por Laura, su amada, le dejó establecida la imagen actual: dos
cuartetos y dos tercetos, con el orden estable de la rima, y, sobre todo,
porque fue él quien lo llevó al apogeo a partir del Renacimiento italiano.
Desde ese momento Petrarca ha tenido poetas imitadores y seguidores en muchos
países, en muchas lenguas, quienes han inmortalizado el soneto con el pasar del
tiempo.
Desarrollo
El soneto clásico una combinación fija en sus
dos cuartetos: el primer verso rima con el cuarto y el segundo con el tercero,
dando más libertad en los tercetos. Los temas son muy variados y van desde lo
satírico a lo amoroso y lo metafísico.
El soneto clásico fue cultivado por autores
como: Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo,
Calderón de la Barca y Sor Juana Inés. Cervantes utilizó la forma dialogada, no
común. Los autores del Barroco juegan con la forma del soneto, pero no con su
estructura esencial. Vamos a ver una muestra en Lope de Vega, en un soneto
explicando su definición de soneto:
Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
El Romanticismo no prestó mucha atención a esta
forma poética, tanto así que, Bécquer cuenta con un único soneto en sus Rimas.
Céfiro dulce que vagando alado
entre las frescas, purpurinas flores,
con blando beso robas sus olores,
para extenderlos por el verde prado;
las quejas de mi afán y mi cuidado
lleva a la que, al mirar, mata de amores,
y dile que un alivio a mis dolores
dé y un consuelo al ánimo angustiado.
Pero no vayas, no; que si la vieras
y tomando sus labios por claveles
el aroma gustar de ellos quisieras,
cual con las otras flores hacer sueles
aunque a mi mal el término pusieras
tendría de tu acción celos crüeles.
entre las frescas, purpurinas flores,
con blando beso robas sus olores,
para extenderlos por el verde prado;
las quejas de mi afán y mi cuidado
lleva a la que, al mirar, mata de amores,
y dile que un alivio a mis dolores
dé y un consuelo al ánimo angustiado.
Pero no vayas, no; que si la vieras
y tomando sus labios por claveles
el aroma gustar de ellos quisieras,
cual con las otras flores hacer sueles
aunque a mi mal el término pusieras
tendría de tu acción celos crüeles.
En el soneto modernista se sigue, con
frecuencia, el orden clásico de los cuartetos, pero se utilizaron también
nuevas fórmulas escriturales, rompiendo así, con una tradición de antaños. En
esta época aparecen varias innovaciones métricas: se utilizan versos de otras
medidas. Además, aparecen sonetos polimétricos, que presentan en un mismo
poema, versos de diferentes medidas, desde trisílabos hasta Alejandrinos. Un
autor que realizó estos juegos fue Rubén Darío, máximo representante de Modernismo
Hispanoamericano.
Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.
Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.
Cristiano y amoroso y caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.
Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.
Cristiano y amoroso y caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!
Otro de los autores que rompió con el soneto
tradicional fue Manuel Machado en su poema “Madrigal de madrigales”.
Una recuperación modernista es el sonetillo,
que es un soneto de arte menor, como es el caso de Tomás de Iriarte. Los
autores de la Generación del 27 utilizaron el soneto con mucha frecuencia.
García Lorca lo cultivó en sus “Sonetos del Amor Oscuro”. El soneto mantiene su
vitalidad hasta la posguerra gracias a escritores que lucharon por mantener su
sonoridad, como es el caso de Blas de Otero, representante del movimiento
español de La Poesía Social, desarrollado en España entre los años de 1950 y
1960. Durante los años 60 y 70 cayó en un relativo descuido, pero poetas
posteriores lo han tomado, aunque con un cierto aire de ironía.
Si prestamos atención a un soneto clásico,
veremos que, a veces se rompe la armonía y se convierte en algo caótico, esto
por buscar mantener la rima y la cantidad de sílabas. Pero en sentido general
es armonioso y musical.
En República Dominicana el soneto tuvo sus
cultivadores como es el caso de Arsenio Jiménez Polanco en su libro “Sonetos
Honrados al Rey” estos son de corte religioso. Juan Freddy Armando nos deleita
con la escritura de algunos sonetos ricos en contenidos amorosos, sociales y
metafísicos y uno dedicado a Rubén Darío
EL NENÚFAR DE DARÍO.
Yo quise haberle cantado al nenúfar como flor
pero cuentan que Machado mostró esa planta a Darío,
pues la había visto en sus versos con mucho brillo y primor.
“Hermano, no sé qué es eso” dijo Rubén hecho un lío.
Ignoraba su ancha hoja, desconocía su color,
Machado le dijo: “Es blanco, se acurruca con el frío,
tiene los rizomas largos y el agua le da rubor,
es nudoso, feculento, prefiere la posa al río.
Poeta, alégrate, poeta, porque estás lleno de amor:
sin conocerlo cantaste al griego macho cabrío
y un nenúfar inventaste para amarlo con candor.
No te preocupes, mi bardo, que en tu letra no hay baldío”
Y entonces Rubén Darío, contento y con pundonor,
le cantó en voz de tenor: “De mi nenúfar me río”.
Yo quise haberle cantado al nenúfar como flor
pero cuentan que Machado mostró esa planta a Darío,
pues la había visto en sus versos con mucho brillo y primor.
“Hermano, no sé qué es eso” dijo Rubén hecho un lío.
Ignoraba su ancha hoja, desconocía su color,
Machado le dijo: “Es blanco, se acurruca con el frío,
tiene los rizomas largos y el agua le da rubor,
es nudoso, feculento, prefiere la posa al río.
Poeta, alégrate, poeta, porque estás lleno de amor:
sin conocerlo cantaste al griego macho cabrío
y un nenúfar inventaste para amarlo con candor.
No te preocupes, mi bardo, que en tu letra no hay baldío”
Y entonces Rubén Darío, contento y con pundonor,
le cantó en voz de tenor: “De mi nenúfar me río”.
Un poeta que sin dudas ha encontrado su pasión
por le soneto es León David. En sus poemas se desgarra y desgarra. En su libro
“Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte” podemos observar su gran destreza
para utilizar de forma gloriosa sus habilidades para este cultivo. Debemos
notar que sus temas sin existenciales y metafísicos.
Entre los dominicanos el soneto ha tenido sus
grandes cultivadores, tomando las riendas de este verso elegante y sonoro para
expresar su sentires y pasiones, aun que sin novedades aparentes hasta el
Vedrinismo. En Virgilio Díaz Ordoñez se puede presagiar la tristeza al leer sus
versos en este estilo. Mientras que para el postumista Domingo Moreno Jimenes
nos regala sus sonetos de su primera etapa con un corte clásico. Franklin
Mieses Burgos, Manuel Rueda, entre otros, fueron cultivadores de esta
elegancia.
Maldije mi dolor, y, ciegamente
apure los placeres de la vida,
a la luz de la luna enternecida
o enroscado en la fulgida serpiente.
Tras cada ignoto anhelo o ansia ardiente
quedaba mi alma cándida Sumida
en un mar de estupor, y enmustecida
la flor de gasa y oro de mi frente
Hube de despertar, al fin, del sueño
y lejos de la senda del ensueño
vague mil veces con la faz tediosa.
Mas, a poco lance mi alado ruego,
y herido por la flecha del dios ciego
fui a implorar a la puerta de una hermosa.
Domingo Moreno Jimenes.
El
soneto ha evolucionado y sin embargo a logrado mantener su sonoridad y
estructura clásica en la mayoría de sus autores.
Referencias
viernes, 1 de mayo de 2020
miércoles, 28 de noviembre de 2018
La Segunda Señal
Nan Chevalier
Nunca olvidaré que cuando la conocí aún tenía la leche en
los labios. Era muy joven, sí, pero mucho más de lo que ustedes pudieran
imaginar. No puedo recordar el día (o si era de día) pero si me acuerdo, con un
realismo tal vez impresionante, de su reacción cuando abrí de
par en par la puerta y asistí, sin proponérmelo, a aquella escena de
magia y seducción ceremoniales. Es probable que, bajo el furor del
desconcierto, aturdido aun por los detalles huidizos del momento., no
comprendiera, (pido, por favor, que subrayen el significado más profundo de esa
palabra) no comprendiera yo que se iniciaba una transformación definitiva en mi
existencia, una verdadera revolución en mi interior. Ahora que ya no soy el que
fui, ahora que puedo evaluar sin emoción o, digamos, sin pasión, lo ocurrido,
solo ahora creo poder contar la historia (en verdad, el minuto de la historia)
que hizo de mi un hombre nuevo.
Todos ustedes saben que
la lluvia ha ejercido siempre cierta fascinación en mi vida. Las causas aún no
me fueron reveladas, pero a veces he sentido que el motivo de tal encantamiento
es que, para mí, la lluvia simboliza el final a la vez que el inicio de dos algo. El asunto es que
ese día lluvia, con la parsimonia y la persistencia de oscuros rituales. La
primera señal fue contundente: llovía con terquedad, pues las aves que son
premonición de la lluvia atravesaban, frenéticas, el cielo ya casi gris y
amenazante. (Las aves, me parece, están siempre mejor enteradas del porvenir,
de ahí que confíe ciegamente en sus presagios).
La segunda señal, en
cambio, no fue muy evidente y llegué a ella solo realizando algunas deducciones
personales, entrando a veces en conflicto con el sentido común. Siempre se ha
dicho que existe una singular relación entre las fragancias y los recuerdos.
Creo haber leído alguna vez que el pasado es un olor que sale a nuestro
encuentro. Y eso es lo que ocurrió. Camino a casa, al medio día, un serio olor
a margaritas frescas me hizo recordar que en Cartagena de Indias, cerca del
Hotel Caribe, una muchacha peruana vendía estrellas de mar al atardecer. “Ya
veo”, me dije, y pisé con furia el acelerador. Eso ocurrió al medio día, como
he señalado, y, efectivamente, no había transcurrido una hora cuando ya el
cielo era un espejo gris, intransitable.
Las primeras gotas
empezaron a caer a eso de las seis. Siempre que llueve yo visto de blanco (es
uno de los aportes de mis antepasados) pero ese día no di, por más que
los busqué, con mis jeans favoritos y salí a la calle, rumbo a mi cita,
totalmente vestido de negro. Solo cuando me vi reflejado en los cristales de mi
auto noté el error (nunca visto de negro, ¡zafa!) error que más tarde yo
interpretaría como lo que en vedad era: la tercera señal. Como ustedes
entenderán, era lógico que me sintiera contrariado, pues algo trascendental (no
sabía qué) aguardaba en algún rincón del día.
Mi amigo y yo habíamos
convenido vernos al caer la tarde, más o menos a las seis y media, creo, y él
me presentaría por fin a su novia, de la cual (perdonen que lo diga) me narraba
detalles y hazañas amorosas increíbles. Elijo la palabra increíble
no solo porque él insistía en que era demasiado joven; “casi una niña”,
sino porque planeaban sus citas de amor en los escenarios más inesperados. En
fin, llegué, como les dije, más o menos a las siete y quince de la noche y,
decepcionado, no los encontré. Nunca me ha gustado formular preguntas a los
mozos, esto tiene implicaciones odiosas al momento de dar la propina. Calculé
entonces el tiempo de dos cubalibres y tres cigarrillos lights y me dispuse a
esperar. Sin embargo, como aseguran mis amigos, la paciencia no es el terreno
en que mejor me muevo. Así que me dirigí, con humor de perro pero dispuesto a
aprovechar el resto de la noche, hacia mi auto.
Pudiera resultarles
extraño que un ser supersticioso como yo suela fijarse en, mucho menos
aprenderse la, ‘laca de los autos de amigos y conocidos. Pero lo cierto es que
cuando vi el Toyota Camry, de ahumados cristales, recordé que era costumbre de
mi amigo permanecer horas muertas en los estacionamientos de los restaurantes.
“evadiendo impuestos”, como solía decir. Me acerqué despacio, a pesar de que la
lluvia, imperturbable, continuaba con su obseso ritual. Yoo no estaba, he
dicho, seguro de que ese fuera el carro de mi amigo, así que anduve con
disimulo para, en caso que efectivamente no lo fuera, evadir la atención del
vigilante bajo la lluvia. La casi absoluta oscuridad de la noche y los
cristales aún más tenebrosos impedían que observara el interior. (una cosa sí
era cierta: había alguien allí, pues el motor del Camry estaba encendido). Me
disponía a largarme del lugar cuando, acaso por accidente, la luz interior del
auto fue encendida. Entonces los vi… Mejor: entonces la vi. Una verdadera
revelación. El estremecimiento de mi ser me confirmaba que algo grandioso
ocurría en mi existencia, que todas las señales eran ciertas y yo ya empuñaba,
como bajo el efecto de un rayo paralizador, el manubrio del Camry con la mano
derecha.
Creo que les dije a
ustedes, hace un rato, que en Cartagena de Indias, cerca del Hotel Caribe, una
muchacha peruana ofrecía sus margaritas blancas al atardecer. Pues bien, desde
el interior del auto un olor a rosas enrarecía el aire, sacudía mis sentidos.
Algo dentro de mi se despedazaba, pero esa destrucción emergía, sellado por el
indecible olor a margaritas, el hombre que poco tiempo después yo sería.
Aún con el mango en la
derecha, dudé un segundo. Una fracción fugaz y eterna, como la eternidad misma.
Y finalmente la duda me venció. La duda, no cierto placer indigno (como después
el sugeriría) al contemplar, bajo la lluvia, el espectáculo perturbador que se
instalaba en mis ojos. Era muy joven, sí, pero mucho, muchísimo más joven de lo
que ustedes pudieran imaginar. La luz interior me la mostraba en silencio, como
una vieja película muda, enlentecida, y yo permanecía bajo la magia imposible
de la escena en que yo aparecía, increíblemente vestido de negro, horadado el
corazón por el rumor de las aves nocturnas, zarandeado por el perfume de
margaritas frescas. Ahora, ella tomaba el control de la situación y su cabeza
se perdía, en lentos pero acoplados vaivenes, entre las piernas de mi amigo.
Quiero hacer un paréntesis en este punto de la historia. Todos ustedes me
conocen, no lo nieguen, los inconvenientes que he enfrentado en mi vida debido
a la reputación que mis enemigos se han encargado de inventarme. Hago la
aclaración porque, aunque a mi edad no estoy para justificar mis actos, lo que
contaré a continuación es parte fundamental de la historia y esta historia no tendría
sentido si ustedes no aceptaran como tangible lo que ocurrió en mi ser antes de
abrir la puerta. Lo que ocurrió es (cierren el paréntesis) que yo sentí
vergüenza. ¿Les resulta curioso, ah? Pues mejor es que me crean. De otro modo
el final, deseable por inesperado aun para mí, no tendría ningún sentido,
pareciera que yo querría contarlo por puro y deliberado placer. Y no es así.
Bruscamente abrí la
puerta del Camry. No se si alguna vez olvidaré la expresión de desconcierto que
puso mi amigo al ver el movimiento de la puerta derecha (nunca me lo dijo; ni
me lo dirá, ahora que ya no nos hablamos) pero lo que sé habrá de perdurar por
siempre en mi memoria es la doble reacción de asombro y encantamiento que atravesó
no sólo el rostro sino toda la piel del a muchacha. En ningún momento yo, que
moría de tanta, percibí el más ligero asomo de vergüenza en su expresión. Antes
al contrario (pero de eso no quiero hablar, pues no poseo palabras para invocar
la magia) sospecho que hubo cierto hechizo desde el momento en que nos vimos. He
referido que era inexplicablemente joven. Lo que en verdad quise decir es que
existía fuera del tiempo. De ahí el insondable olor a margaritas blancas; de
ahí, también, el aleteo insistente de las aves de la lluvia.
Cuando me la presentó. Aún
tenía la leche en los labios. Acaso les resulte cuesta arriba, pero yo debo
cumplir con el compromiso de terminar la historia, sobre todo ahora que él y yo
no nos hablamos y que los preparativos para la boda han sido completados. Pues bien:
yo continuaba bajo el efecto en cantador, estatua en las sombras, de algo que
empezaba (no sabía qué) y algo que terminaba. Ella permanecía allí (está de más
explicar que mi amigo dejó de existir por un instante) y yo continuaba inerte,
mirando su mirada, infantil no perversa, mientras ella arrastraba, desentendida,
la lengua por sus labios aun humedecidos por el semen quejumbroso de mi amigo. Y
fue como un hechizo. Frente a ella, yo fui la delgada sombra vestida de negro,
agujereado el corazón por el rumor frenético de aves de lluvia y entonces ya no
pude contenerme. La abracé sin reservas, ante la mirada creo que alucinada del
que hasta ese momento había sido el mejor de mis amigos. Y al abrazarla, era
como si yo abrazara lluvia, noche, margaritas frescas de Cartagena de Indias.
No nos hablamos, es
cierto, pero no por mi culpa. Incluso lo he invitado. Con la misma cortesía con
que les he tratado a ustedes. Con todo, se que no vendrá, el nunca tuvo fe en
estas cosas. Ella, en cambio, le ha confiado a mi madre que es muy feliz y ha
tenido la honradez de confesarme que todo se debe, en gran medida, a él, pues
cuando estaba, esa noche, con la bica ansiosa entre sus piernas, tuvo el
presentimiento de que algo terrible ocurriría; y que, en efecto, un minuto después
el nos estaría presentando, con la esencia misma del hombre aún resbaladiza
en sus labios.
Esa es la historia. No me
interesa convencerlo de nada, a mi edad. Espero que sean puntuales: la ceremonia
empezará a eso de las siete y quince y le he pedido al sacerdote rece por mí para
que llueva y yo pueda así estar de negro. Ella ha querido que la boda sea en
grande y, si Dios quiere, asistirá el Cardenal.
dominicano.
v
Este material está bajo derecho de autor. Queda prohibida
su reproducción total o parcial.
v
Se ha transcrito del original para uso educativo
por el Prof. Antonio Reyes (Ángel Negro) con permiso del autor.
sábado, 9 de junio de 2018
CREPÚSCULO Y NADA
Desolación
sangre invernales
depravado
cuerpo
prisionera
angustia
tierra
insolada y los manantiales
y tus besos
moribundos de prostitución antigua
dejan ganas
marchitas sin olas de pasión
noches
solitarias estrella bilabial resonancia
incolora
sexo sin
roces sin olores volcánicos
Crepúsculo torrencial
todo
apagado bajo tu piel
mariposa
helada de Morfeo, Orfeo
transitadas caricias pérfidas
Totalidad
anacaróntica insuficiente
sabor para una sola muerte
razón de los besos
tristeza
de Aurora
nubes obscenas ultramarinas dejan tus
huellas en mis pupilas
esos besos
transitados por los pecados de un Dante
enamorado de un infierno transcurrido
cada noche
carentes de las olas
el
crepúsculo ha destruido las corrientes
de esas
tardes mortecinas
del paladar
sanguíneo de mis venas
hasta las
praderas desérticas
acariciadas
por la nada.
ABDICACIÓN
Antonio Reyes Sena
(Ángel Negro)
Tu piel es abdicación de besos
perdidos en incólume
corazón
Babel cada cama transitada
por las huellas
de nuestros
poros taciturnos
tus pechos a mis olores adaptados habitados
quiero decir
fuerza ventana de la
noche fisura del alba
y mi paladar que pide a mi boca no besarte y
mis pulmones que piden a mi olfato no
penetrarte
y mi voz lujuriosa aun te nombra
es menester
fenecer para no olvidarte
quizás en los andenes de tus caderas se
desvanezcan
mis ilusiones de pecar en ti
y puedan mis sueños permutarse
ya que un Cupido acérrimo
me ha bañado
y no escribí los versos para dejarte
Elena transformada
Quizás la luna nos recuerde
y mis camas transitadas te
encontraran
en montañas transitadas por mi lengua
bajo el farol de la quejumbrosa madrugada
y mi ombligo diseñe el Partenón
en mis abrazos
para amarte en un presente de antigüedades
con la música de mis siluetas en mis oídos
cuan embustera celestina
embrujándonos con su
lengua
No puedo pedir un retroceso
y mis ríos azufrados son amargas en tu partida
soy un abyecto de tus rencores
y poríferos son nocturnos nuestros besos
pidiendo el acceso a tus piernas
quiero adentrarme a tus púbicos moribundos
Nacer de nuevo cada estadía y dar
a mis sueños la reconciliación
de mis ancestros.
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