jueves, 22 de octubre de 2020

En Espera

 

Ella esperaba con el manantial desnudo

de sus piernas

pensaba instantes destilando amor

entre sus pupilas

desojando tulipanes en la sábana de su cuerpo

despiertos todos sus instintos específicos

él nunca deshojará instantes

la piel saboreará sudor no corazón

las manos sujetadas sin tocarse

sin enfrascarse en las venas

sin esculpir su silueta solo deslizando el sexo

el placer de una piel en otra carne

eso es carne en otros trinos

solo en soledad ella buscando compañía

él desenterrando soledades

ella deseando ser poseída

él desenado salir a otra vereda

ella sintiendo el amor entre sus poros

él deseando la ternura azucarada imposible

los dos felices en otras latitudes.  


Ángel Negro 

lunes, 11 de mayo de 2020

El Soneto por Antonio Reyes Sena




El Soneto

Introducción

La poesía es un ente vivo, ya que sale de las vísceras de su autor, expresa sus sentimientos, pensamientos y pasiones, aun cuando esto se niegue o desee ocultarse. La poesía entonces es perfección. Esta es así por los principios antes expuestos, además por su carácter de creación.

La perfección en la forma de expresión ha querido demostrarse, con ingenio, a través de los siglos y por todas la épocas, movimientos y generaciones literarias. Así, también por artistas de la tinta que no se encierran en ningunos de los caracteres antes mencionados. Pero sí se ha buscado una forma escritural igual para todos, aunque muchos solo respeten las normas más características.

El soneto representa esa búsqueda de perfección.

Concepto

Antes de hablar del concepto en sí del soneto debemos aclara su sentido epistemológico. La palabra soneto proviene de sonetto en italiano, que deriva a la vez de sonus (sonido en latín).

Ahora bien, podemos definir El Soneto como una composición poética de catorce versos de arte mayor endecasílabos (14 versos) en su forma clásica, dos estrofas de cuatro versos o cuartetos y dos de tres versos o tercetos. Este en sus orígenes tenía un formato para distribuir su contenido: el primer cuarteto presentaba el tema, el segundo lo amplia, mientras que el primer terceto, reflexiona sobre la idea central o expresa sentimientos ligado a este y el terceto final realiza una grave reflexión con sentimiento profundo, desatada por los versos anteriores, es decir, que, en el soneto, a la manera clásica, se presenta o puede observar, una introducción, un desarrollo y una conclusión.
Sus orígenes se remontan a la Sicilia (Italia) del Siglo XIII y de aquí se difundió por toda la Península Itálica. Sus precursores fueron: Pedro de Vignes, Guittone d´Arezzo, Guido Guinizzelli, etc. Éste último fue preceptor de Dante Alighieri, quien, en su obra Vita nouva, creó algunos sonetos de amor a su amada Beatriz. Para concluir con este apartado a Francesco de Petrarca se le considera el inventor del soneto, porque aparte de crearlo a menudo en su Cancionero (Canzoniere), con expresión sublime y ciertamente sutil, inspirado por Laura, su amada, le dejó establecida la imagen actual: dos cuartetos y dos tercetos, con el orden estable de la rima, y, sobre todo, porque fue él quien lo llevó al apogeo a partir del Renacimiento italiano. Desde ese momento Petrarca ha tenido poetas imitadores y seguidores en muchos países, en muchas lenguas, quienes han inmortalizado el soneto con el pasar del tiempo.

Desarrollo

El soneto clásico una combinación fija en sus dos cuartetos: el primer verso rima con el cuarto y el segundo con el tercero, dando más libertad en los tercetos. Los temas son muy variados y van desde lo satírico a lo amoroso y lo metafísico.

El soneto clásico fue cultivado por autores como: Lope de Vega, Miguel de Cervantes, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca y Sor Juana Inés. Cervantes utilizó la forma dialogada, no común. Los autores del Barroco juegan con la forma del soneto, pero no con su estructura esencial. Vamos a ver una muestra en Lope de Vega, en un soneto explicando su definición de soneto:

Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.

El Romanticismo no prestó mucha atención a esta forma poética, tanto así que, Bécquer cuenta con un único soneto en sus Rimas.

Céfiro dulce que vagando alado
entre las frescas, purpurinas flores,
con blando beso robas sus olores,
para extenderlos por el verde prado;

las quejas de mi afán y mi cuidado
lleva a la que, al mirar, mata de amores,
y dile que un alivio a mis dolores
dé y un consuelo al ánimo angustiado.

Pero no vayas, no; que si la vieras
y tomando sus labios por claveles
el aroma gustar de ellos quisieras,

cual con las otras flores hacer sueles
aunque a mi mal el término pusieras
tendría de tu acción celos crüeles.

En el soneto modernista se sigue, con frecuencia, el orden clásico de los cuartetos, pero se utilizaron también nuevas fórmulas escriturales, rompiendo así, con una tradición de antaños. En esta época aparecen varias innovaciones métricas: se utilizan versos de otras medidas. Además, aparecen sonetos polimétricos, que presentan en un mismo poema, versos de diferentes medidas, desde trisílabos hasta Alejandrinos. Un autor que realizó estos juegos fue Rubén Darío, máximo representante de Modernismo Hispanoamericano.

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!

Otro de los autores que rompió con el soneto tradicional fue Manuel Machado en su poema “Madrigal de madrigales”.

Una recuperación modernista es el sonetillo, que es un soneto de arte menor, como es el caso de Tomás de Iriarte. Los autores de la Generación del 27 utilizaron el soneto con mucha frecuencia. García Lorca lo cultivó en sus “Sonetos del Amor Oscuro”. El soneto mantiene su vitalidad hasta la posguerra gracias a escritores que lucharon por mantener su sonoridad, como es el caso de Blas de Otero, representante del movimiento español de La Poesía Social, desarrollado en España entre los años de 1950 y 1960. Durante los años 60 y 70 cayó en un relativo descuido, pero poetas posteriores lo han tomado, aunque con un cierto aire de ironía.

Si prestamos atención a un soneto clásico, veremos que, a veces se rompe la armonía y se convierte en algo caótico, esto por buscar mantener la rima y la cantidad de sílabas. Pero en sentido general es armonioso y musical.
En República Dominicana el soneto tuvo sus cultivadores como es el caso de Arsenio Jiménez Polanco en su libro “Sonetos Honrados al Rey” estos son de corte religioso. Juan Freddy Armando nos deleita con la escritura de algunos sonetos ricos en contenidos amorosos, sociales y metafísicos y uno dedicado a Rubén Darío
EL NENÚFAR DE DARÍO.

Yo quise haberle cantado al nenúfar como flor
pero cuentan que Machado mostró esa planta a Darío,
pues la había visto en sus versos con mucho brillo y primor.
“Hermano, no sé qué es eso” dijo Rubén hecho un lío.

Ignoraba su ancha hoja, desconocía su color,
Machado le dijo: “Es blanco, se acurruca con el frío,
tiene los rizomas largos y el agua le da rubor,
es nudoso, feculento, prefiere la posa al río.

Poeta, alégrate, poeta, porque estás lleno de amor:
sin conocerlo cantaste al griego macho cabrío
y un nenúfar inventaste para amarlo con candor.

No te preocupes, mi bardo, que en tu letra no hay baldío”
Y entonces Rubén Darío, contento y con pundonor,
le cantó en voz de tenor: “De mi nenúfar me río”.

Un poeta que sin dudas ha encontrado su pasión por le soneto es León David. En sus poemas se desgarra y desgarra. En su libro “Cincuenta Sonetos para Amansar la Muerte” podemos observar su gran destreza para utilizar de forma gloriosa sus habilidades para este cultivo. Debemos notar que sus temas sin existenciales y metafísicos.

Entre los dominicanos el soneto ha tenido sus grandes cultivadores, tomando las riendas de este verso elegante y sonoro para expresar su sentires y pasiones, aun que sin novedades aparentes hasta el Vedrinismo. En Virgilio Díaz Ordoñez se puede presagiar la tristeza al leer sus versos en este estilo. Mientras que para el postumista Domingo Moreno Jimenes nos regala sus sonetos de su primera etapa con un corte clásico. Franklin Mieses Burgos, Manuel Rueda, entre otros, fueron cultivadores de esta elegancia.

Maldije mi dolor, y, ciegamente
apure los placeres de la vida,
a la luz de la luna enternecida
o enroscado en la fulgida serpiente.
Tras cada ignoto anhelo o ansia ardiente
quedaba mi alma cándida Sumida
en un mar de estupor, y enmustecida
la flor de gasa y oro de mi frente
Hube de despertar, al fin, del sueño
y lejos de la senda del ensueño
vague mil veces con la faz tediosa.
Mas, a poco lance mi alado ruego,
y herido por la flecha del dios ciego
fui a implorar a la puerta de una hermosa.

Domingo Moreno Jimenes.

El soneto ha evolucionado y sin embargo a logrado mantener su sonoridad y estructura clásica en la mayoría de sus autores.




Referencias








miércoles, 28 de noviembre de 2018


La Segunda Señal

Nan Chevalier

Nunca olvidaré que cuando la conocí aún tenía la leche en los labios. Era muy joven, sí, pero mucho más de lo que ustedes pudieran imaginar. No puedo recordar el día (o si era de día) pero si me acuerdo, con un realismo tal vez impresionante, de su reacción cuando abrí de par en par la puerta y asistí, sin proponérmelo, a aquella escena de magia y seducción ceremoniales. Es probable que, bajo el furor del desconcierto, aturdido aun por los detalles huidizos del momento., no comprendiera, (pido, por favor, que subrayen el significado más profundo de esa palabra) no comprendiera yo que se iniciaba una transformación definitiva en mi existencia, una verdadera revolución en mi interior. Ahora que ya no soy el que fui, ahora que puedo evaluar sin emoción o, digamos, sin pasión, lo ocurrido, solo ahora creo poder contar la historia (en verdad, el minuto de la historia) que hizo de mi un hombre nuevo.

Todos ustedes saben que la lluvia ha ejercido siempre cierta fascinación en mi vida. Las causas aún no me fueron reveladas, pero a veces he sentido que el motivo de tal encantamiento es que, para mí, la lluvia simboliza el final a la vez que el inicio de dos algo. El asunto es que ese día lluvia, con la parsimonia y la persistencia de oscuros rituales. La primera señal fue contundente: llovía con terquedad, pues las aves que son premonición de la lluvia atravesaban, frenéticas, el cielo ya casi gris y amenazante. (Las aves, me parece, están siempre mejor enteradas del porvenir, de ahí que confíe ciegamente en sus presagios).

La segunda señal, en cambio, no fue muy evidente y llegué a ella solo realizando algunas deducciones personales, entrando a veces en conflicto con el sentido común. Siempre se ha dicho que existe una singular relación entre las fragancias y los recuerdos. Creo haber leído alguna vez que el pasado es un olor que sale a nuestro encuentro. Y eso es lo que ocurrió. Camino a casa, al medio día, un serio olor a margaritas frescas me hizo recordar que en Cartagena de Indias, cerca del Hotel Caribe, una muchacha peruana vendía estrellas de mar al atardecer. “Ya veo”, me dije, y pisé con furia el acelerador. Eso ocurrió al medio día, como he señalado, y, efectivamente, no había transcurrido una hora cuando ya el cielo era un espejo gris, intransitable.

Las primeras gotas empezaron a caer a eso de las seis. Siempre que llueve yo visto de blanco (es uno de los aportes de mis antepasados) pero ese día no di, por más que los busqué, con mis jeans favoritos y salí a la calle, rumbo a mi cita, totalmente vestido de negro. Solo cuando me vi reflejado en los cristales de mi auto noté el error (nunca visto de negro, ¡zafa!) error que más tarde yo interpretaría como lo que en vedad era: la tercera señal. Como ustedes entenderán, era lógico que me sintiera contrariado, pues algo trascendental (no sabía qué) aguardaba en algún rincón del día.

Mi amigo y yo habíamos convenido vernos al caer la tarde, más o menos a las seis y media, creo, y él me presentaría por fin a su novia, de la cual (perdonen que lo diga) me narraba detalles y hazañas amorosas increíbles. Elijo la palabra increíble no solo porque él insistía en que era demasiado joven; “casi una niña”, sino porque planeaban sus citas de amor en los escenarios más inesperados. En fin, llegué, como les dije, más o menos a las siete y quince de la noche y, decepcionado, no los encontré. Nunca me ha gustado formular preguntas a los mozos, esto tiene implicaciones odiosas al momento de dar la propina. Calculé entonces el tiempo de dos cubalibres y tres cigarrillos lights y me dispuse a esperar. Sin embargo, como aseguran mis amigos, la paciencia no es el terreno en que mejor me muevo. Así que me dirigí, con humor de perro pero dispuesto a aprovechar el resto de la noche, hacia mi auto.

Pudiera resultarles extraño que un ser supersticioso como yo suela fijarse en, mucho menos aprenderse la, ‘laca de los autos de amigos y conocidos. Pero lo cierto es que cuando vi el Toyota Camry, de ahumados cristales, recordé que era costumbre de mi amigo permanecer horas muertas en los estacionamientos de los restaurantes. “evadiendo impuestos”, como solía decir. Me acerqué despacio, a pesar de que la lluvia, imperturbable, continuaba con su obseso ritual. Yoo no estaba, he dicho, seguro de que ese fuera el carro de mi amigo, así que anduve con disimulo para, en caso que efectivamente no lo fuera, evadir la atención del vigilante bajo la lluvia. La casi absoluta oscuridad de la noche y los cristales aún más tenebrosos impedían que observara el interior. (una cosa sí era cierta: había alguien allí, pues el motor del Camry estaba encendido). Me disponía a largarme del lugar cuando, acaso por accidente, la luz interior del auto fue encendida. Entonces los vi… Mejor: entonces la vi. Una verdadera revelación. El estremecimiento de mi ser me confirmaba que algo grandioso ocurría en mi existencia, que todas las señales eran ciertas y yo ya empuñaba, como bajo el efecto de un rayo paralizador, el manubrio del Camry con la mano derecha.

Creo que les dije a ustedes, hace un rato, que en Cartagena de Indias, cerca del Hotel Caribe, una muchacha peruana ofrecía sus margaritas blancas al atardecer. Pues bien, desde el interior del auto un olor a rosas enrarecía el aire, sacudía mis sentidos. Algo dentro de mi se despedazaba, pero esa destrucción emergía, sellado por el indecible olor a margaritas, el hombre que poco tiempo después yo sería.

Aún con el mango en la derecha, dudé un segundo. Una fracción fugaz y eterna, como la eternidad misma. Y finalmente la duda me venció. La duda, no cierto placer indigno (como después el sugeriría) al contemplar, bajo la lluvia, el espectáculo perturbador que se instalaba en mis ojos. Era muy joven, sí, pero mucho, muchísimo más joven de lo que ustedes pudieran imaginar. La luz interior me la mostraba en silencio, como una vieja película muda, enlentecida, y yo permanecía bajo la magia imposible de la escena en que yo aparecía, increíblemente vestido de negro, horadado el corazón por el rumor de las aves nocturnas, zarandeado por el perfume de margaritas frescas. Ahora, ella tomaba el control de la situación y su cabeza se perdía, en lentos pero acoplados vaivenes, entre las piernas de mi amigo. Quiero hacer un paréntesis en este punto de la historia. Todos ustedes me conocen, no lo nieguen, los inconvenientes que he enfrentado en mi vida debido a la reputación que mis enemigos se han encargado de inventarme. Hago la aclaración porque, aunque a mi edad no estoy para justificar mis actos, lo que contaré a continuación es parte fundamental de la historia y esta historia no tendría sentido si ustedes no aceptaran como tangible lo que ocurrió en mi ser antes de abrir la puerta. Lo que ocurrió es (cierren el paréntesis) que yo sentí vergüenza. ¿Les resulta curioso, ah? Pues mejor es que me crean. De otro modo el final, deseable por inesperado aun para mí, no tendría ningún sentido, pareciera que yo querría contarlo por puro y deliberado placer. Y no es así.

Bruscamente abrí la puerta del Camry. No se si alguna vez olvidaré la expresión de desconcierto que puso mi amigo al ver el movimiento de la puerta derecha (nunca me lo dijo; ni me lo dirá, ahora que ya no nos hablamos) pero lo que sé habrá de perdurar por siempre en mi memoria es la doble reacción de asombro y encantamiento que atravesó no sólo el rostro sino toda la piel del a muchacha. En ningún momento yo, que moría de tanta, percibí el más ligero asomo de vergüenza en su expresión. Antes al contrario (pero de eso no quiero hablar, pues no poseo palabras para invocar la magia) sospecho que hubo cierto hechizo desde el momento en que nos vimos. He referido que era inexplicablemente joven. Lo que en verdad quise decir es que existía fuera del tiempo. De ahí el insondable olor a margaritas blancas; de ahí, también, el aleteo insistente de las aves de la lluvia.

Cuando me la presentó. Aún tenía la leche en los labios. Acaso les resulte cuesta arriba, pero yo debo cumplir con el compromiso de terminar la historia, sobre todo ahora que él y yo no nos hablamos y que los preparativos para la boda han sido completados. Pues bien: yo continuaba bajo el efecto en cantador, estatua en las sombras, de algo que empezaba (no sabía qué) y algo que terminaba. Ella permanecía allí (está de más explicar que mi amigo dejó de existir por un instante) y yo continuaba inerte, mirando su mirada, infantil no perversa, mientras ella arrastraba, desentendida, la lengua por sus labios aun humedecidos por el semen quejumbroso de mi amigo. Y fue como un hechizo. Frente a ella, yo fui la delgada sombra vestida de negro, agujereado el corazón por el rumor frenético de aves de lluvia y entonces ya no pude contenerme. La abracé sin reservas, ante la mirada creo que alucinada del que hasta ese momento había sido el mejor de mis amigos. Y al abrazarla, era como si yo abrazara lluvia, noche, margaritas frescas de Cartagena de Indias.

No nos hablamos, es cierto, pero no por mi culpa. Incluso lo he invitado. Con la misma cortesía con que les he tratado a ustedes. Con todo, se que no vendrá, el nunca tuvo fe en estas cosas. Ella, en cambio, le ha confiado a mi madre que es muy feliz y ha tenido la honradez de confesarme que todo se debe, en gran medida, a él, pues cuando estaba, esa noche, con la bica ansiosa entre sus piernas, tuvo el presentimiento de que algo terrible ocurriría; y que, en efecto, un minuto después el nos estaría presentando, con la esencia misma del hombre aún resbaladiza en sus labios.

Esa es la historia. No me interesa convencerlo de nada, a mi edad. Espero que sean puntuales: la ceremonia empezará a eso de las siete y quince y le he pedido al sacerdote rece por mí para que llueva y yo pueda así estar de negro. Ella ha querido que la boda sea en grande y, si Dios quiere, asistirá el Cardenal.

                                                                                                                                                      Nan Chevalier  
dominicano.

 

v Este material está bajo derecho de autor. Queda prohibida su reproducción total o parcial.
v Se ha transcrito del original para uso educativo por el Prof. Antonio Reyes (Ángel Negro) con permiso del autor.  

sábado, 9 de junio de 2018


CREPÚSCULO Y NADA

 Antonio Reyes Sena (Ángel Negro)

Desolación sangre invernales

depravado cuerpo

prisionera angustia

tierra insolada y los manantiales

y tus besos moribundos de prostitución antigua

dejan ganas marchitas sin olas de pasión

 

noches solitarias estrella bilabial resonancia

incolora

sexo sin roces sin olores volcánicos

 

Crepúsculo torrencial

                                           todo apagado bajo tu piel

                                            mariposa helada de Morfeo, Orfeo

                                           transitadas caricias pérfidas

 

                                         Totalidad anacaróntica insuficiente

                                                      sabor para una sola muerte

                                                                  razón de los besos

                                                                 tristeza de Aurora

 

nubes obscenas ultramarinas dejan tus huellas en mis pupilas 

                                esos besos transitados por los pecados de un Dante

enamorado de un infierno transcurrido cada noche

                                                carentes de las olas

 

el crepúsculo ha destruido las corrientes

de esas tardes mortecinas

del paladar sanguíneo de mis venas

hasta las praderas desérticas

acariciadas por la nada.

 

ABDICACIÓN
Antonio Reyes Sena
(Ángel  Negro)

         Tu piel es abdicación de besos perdidos en incólume

                                                  corazón

                     Babel cada cama transitada por las huellas

                                  de nuestros poros taciturnos

 tus pechos a mis olores adaptados habitados

 quiero decir

                      fuerza ventana de la noche fisura del alba

 y mi paladar que pide a mi boca no besarte y

 mis pulmones que piden a mi olfato no penetrarte

 y mi voz lujuriosa aun te nombra

 es menester

                      fenecer para no olvidarte

 quizás en los andenes de tus caderas se desvanezcan

 mis ilusiones de pecar en ti

    y puedan mis sueños permutarse

                     ya que un Cupido acérrimo me ha bañado

 y no escribí los versos para dejarte

                     Elena transformada

 

  Quizás la luna nos recuerde

                    y mis camas transitadas te encontraran

 en montañas transitadas por mi lengua

 bajo el farol de la quejumbrosa madrugada

              y mi ombligo diseñe el Partenón en mis abrazos

 para amarte en un presente de antigüedades

 con la música de mis siluetas en mis oídos

                   cuan embustera celestina embrujándonos con su

 lengua

 

 No puedo pedir un retroceso

 y mis ríos azufrados son amargas en tu partida

            soy un abyecto de tus rencores

 y poríferos son nocturnos nuestros besos

 pidiendo el acceso a tus piernas

 quiero adentrarme a tus púbicos moribundos

 Nacer de nuevo cada estadía y dar

 a mis sueños la reconciliación

 de mis ancestros.

 

La Poesía Sorprendida

La Poesía Sorprendida

Created with Padlet